Felipe y el Oficial Etíope

Hechos 6:8-8:5; 8:26-40

 

Uno de los líderes en la Iglesia primitiva era un hombre que se llamaba Esteban. El tenía una buena reputación y estaba lleno del Espíritu Santo y de sabiduría. Esteban hizo muchos milagros y convencía razonablemente a la gente que deberían creer en Jesús.

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Un día, cuando Esteban estaba enseñando acerca de Jesús, algunos judíos que no creían en Jesús empezaron a discutir con Esteban. Ellos se enojaron mucho y mintieron acerca de Esteban a los líderes religiosos. Ellos dijeron: “¡Le hemos oído decir cosas malvadas acerca de Moisés y de Dios!” Así que los líderes religiosos arrestaron a Esteban y lo trajeron al sumo principal y a los otros líderes de los judíos, donde más testigos falsos mintieron acerca de Esteban.

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El sacerdote principal preguntó a Esteban: “¿Son estas cosas ciertas?” Esteban respondió recordándoles muchas de las grandes cosas que Dios había hecho desde el tiempo de Abraham hasta el tiempo de Jesús, y cómo la gente de Dios continuamente le desobedecía. Entonces, él dijo: “Ustedes tercos y rebeldes, siempre rechazan al Espíritu Santo, así como sus antepasados que siempre rechazaban a Dios y mataban a sus profetas. ¡Pero ustedes hicieron algo peor de lo que ellos hicieron! ¡Ustedes mataron al Mesías!

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Cuando los líderes religiosos oyeron esto, estaban tan enojados que cubrieron sus oídos y gritaron en voz alta. Ellos arrastraron a Esteban afuera de la ciudad y le tiraron piedras para matarlo.

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Mientras Esteban se estaba muriendo, él gritó: “Jesús, recibe mi espíritu.” Entonces, él cayó de rodillas y clamando dijo: “Señor, no cuentes este pecado contra ellos.” Entonces, murió.

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Un hombre joven llamado Sáulo estaba de acuerdo con la gente que mató a Esteban y guardaba su ropa mientras ellos le tiraban las piedras. Aquel día, mucha gente en Jerusalén comenzó a perseguir a los seguidores de Jesús, asi que, los creyentes huyeron a otros lugares. Pero a pesar de esto, ellos predicaban acerca de Jesús a donde quiera que iban.

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Un discípulo de Jesús que se llamaba Felipe fue uno de los creyentes que huyó de Jerusalén durante la persecución. Él fue a Samaria donde él predicaba acerca de Jesús y mucha gente fue salvada. Entonces, un día, un ángel de Dios dijo a Felipe que fuera a un cierto camino en el desierto. Mientras él caminaba a lo largo del camino, Felipe vio un oficial importante de Etiopía montado en su carruaje. El Espíritu Santo dijo a Felipe que fuera y hablara con este hombre.

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Cuando Felipe se acercó al carruaje, él oyó al etíope leyendo lo que el profeta Isaías escribió. El hombre leyó: “Ellos le llevaron como un cordero para ser asesinado, y como un cordero fue callado, Él no dijo una palabra. Ellos le trataron injustamente y no lo respetaron. Ellos le quitaron la vida.”

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Felipe le preguntó al etíope: “¿Entiende lo que está leyendo?” El etíope respondió: “No. No puedo entenderlo si nadie me lo explica. Por favor, venga y siéntese a mi lado. ¿Estaba Isaías escribiendo acerca de él mismo o de otro?”

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Felipe explicó al etíope que Isaías estaba escribiendo acerca de Jesús. Felipe también usó otras escrituras para contarle las buenas nuevas acerca de Jesús.

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Mientras Felipe y el etíope viajaban, ellos llegaron a un lugar donde había agua. El Etíope dijo: “¡Mire!” !Allí hay un poco de agua! “¿Puedo ser bautizado?” Y le dijo al conductor que detuviera el carruaje.

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Así que, ellos bajaron donde había agua, y Felipe bautizó al etíope. Después que ellos salieron del agua, el Espíritu Santo de repente se llevó a Felipe a otro lugar donde él siguió contando a la gente acerca de Jesús.

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El etíope siguió viajando hacia su hogar, feliz por que conocía a Jesús.

 

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